
Logré admirar tu rededor en donde se formaban grandes tempestades mientras yo no podía detenerlas. Del lado contrario admiraba todo aquello que había amado y recuerdo, lo que amé y aun amo.
Cuando te vi totalmente vulnerable pensé que podía darte un vuelta por mi mundo. Sabes que traté de acallar tus tormentas, sostener tus derrumbes y aceptar lo que yo misma detestaba.
Tú ya no eras mi mundo. Sin embargo, logramos reestablecernos, beber un poco de manantial, descanzar, divertirnos. La perla de nuestra amistad, tan brillante, tan hermosa era lo único de este lado de la montaña que me interesaba conservar.
Me diste fuerza para volver a escalar, regresaste a tu lugar. Quizá desde lejos, pero siempre te observaba y te tenía presente.
Volví a mi montaña y vi, de nuevo un espejismo. Junté los cristales de mi felicidad destrozada. El desierto era cada vez más árido. Subí hasta llegar a un punto intermedio que puede ser el más doloroso porque es donde nada pasa y nada te pertenece.
Obsrvé en tu motaña gran felicidad, grandes prados, flores y jardines, tal como era de mi lado antes de la sequedad. Desde ahí divisé unas nubes que se aproximaban, creí que se disolverían o que venían a terminar con lo que quedaba de mi ser.
Tú, caíste de nuevo, inmovil.
Mi montaña completamente seca y la tuya a punto de inundarse.
No quería que me vieras, no deseaba decir ni hacer nada.
¡La perla! Bajé corriendo. La perla era lo único que me quedaba no podía perderla permitiendo que desfallecieras.
Te subí al punto intemedio, vimos tu mundo desaparecer entre las aguas y el mio secarse por completo... vaya espectáculo... en medio de la nada.
La perla la dejamos caer entre el espacio de la vida y la muerte y con los días simplemente se desvaneció.
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