
Tengo dos cajas que me pertenecen. Una elaborada de arena vigilada por una hiena a la derecha y a la izquierda una serpiente. La otra hecha de mar del caribe a su derecha una sirena y la izquierda un delfin.
En la de arena están mis odios y rencores, los miedos y las lágrimas, mis frustraciones y caídas, los golpes, gritos y alaridos; las espinas de mis rosas, la pudredumbre de la soledad, las noches en vela sin consuelo, mis gritos ahogados en silencio, mi debilidad tan miedosa e hipócrita que se esconode detrás de la fuerza; la sangre sin movimiento a causa de la muerte, los repróches a mí misma, la culpabilidad, mi miedo a las noches y la vulnerabilidad; los labios resecos de tortura, sedientos de un poco de ternura -de protección- mi cuerpo tembloroso cobijado por las sombras.
En la caja formada de mar está una estrella que tiene marcado tu nombre en cada una de sus puntas, una rosa en botón; el rojo del atardecer, el verde de los campos -del tono de tus ojos- susurros que vuelan sobre el viento; Lluvia y rayos para acompañar a la noche con todo y luna, silencio para disfrutar la soledad, calor en los labios para dar ternura, un cuerpo para abrazar, mariposas en la sangre; un arco iris bien doblado para montarlo cuando sea necesario, brillo para llenar la oscuridad; fuerza para demostrar debilidad, abismos donde al caer se respira la erernidad...
¿Adivina cuál es para ti?
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